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Arriba escuadras a vencer

 

Manuel Vázquez Montalbán supo escribir la crónica sentimental de España a través de un personaje sin sentimientos. Así cualquiera. Pepe Carvalho luchaba constantemente contra su propia humanidad, quemando libros y dejándose quemar por su disciplinado desencanto con la especie humana. Eso le permitía ser muchas cosas, entre las que conjugaba el antiespañolismo y el anticatalanismo simultáneos. Ser anti todo ayuda mucho al desarrollo intelectual, pues las certezas son baches en el camino del entendimiento, como dijo un antiguo proverbio lucense que me acabo de inventar. Pepe Cravalho, o Montalbán, o los dos, afirmó o afirmaron un día que el Barça era el brazo no armado de la Catalunya lliure. Una bella y simbólica manera de decir que el asunto territorial, en España, siempre lo hemos pensado a patadas.

Se murió Johan Cruyff y la caverna no ha tenido pudor en volverlo a demostrar. Este viernes, varios columnistas aprovecharon el elegante deceso por banda del catorce para seguir dando brasa con el asunto. Carlos Herrera, por ejemplo, nos regalaba una pieza antológica que arrancaba con los habituales elogios al finado para acabar dándole un pelotazo a Puigdemont en toda la bandera. “Aquel club al que perteneciste es el club al que ya no pertenezco yo, como tantos otros. Algún amigo tuyo ha tenido que ver en ello: hoy es una sociedad puesta al servicio de una idea traidora con tantos que hemos seguido su historia al dedillo de las emociones. Pero que ese no sea mi club no quiere decir que tú no seas, por siempre, el futbolista que me hizo soñar una noche de octubre”, escribe el radiófono en ABC.

Unas páginas más adelante, Luis Ventoso utiliza exactamente la misma estructura del elogio fúnebre inicial y el puigdemontazo final en su columna Aquel Cruyff. “De mayor dejé de ser del Barça. No fue una decisión mía: me echaron a patadas. El club que me había enganchado por ser epítome de universalidad, color y apertura, se convirtió en el ariete de una ideología xenófoba que venía a decir que el resto de los españoles no éramos bienvenidos en su liturgia. El aprecio es un camino de ida y vuelta. Cuesta querer a quien te detesta. Uno de los catalanes más admirados ha sido un señor de Amsterdam. Hoy ya no sé si sería posible. Se han puesto de moda los candados en las cabezas”.

Como eso del rigor periodístico es idéntico al rigor mortis intelectual para ciertos escribanos, ambos olvidan recordar cómo entendió Cruyff, a su llegada a la Catalunya tardofranquista, el asunto del nacionalismo cultural e idomático. No era el holandés ni unionista ni independentista, pero enseguida comprendió que nuestro debate territorial se dirime a pedradas. Fue en febrero de 1974, cuando acudió a inscribir a su hijo en el registro civil de Barcelona. El funcionario franquista de turno le preguntó qué gracia iba a concederle al mocoso, y el futbolista le dijo que Jordi, que su chaval se iba a llamar Jordi. Eso es imposible, respondió el burócrata. Póngale usted Jorge y después, en casa, le llama usted como le plazca. Pero a un Jordi no se lo inscribo. No es legal. Fue el bautismo político del delantero en Catalunya. La ocasión en que tomó partido, por vez pública y primera, en favor de todos los anti. La sinrazón no le hizo cambiar de parecer y discutió el asunto. Él no se iba del registro sin inscribir a su hijo como Jordi. Tras una larga trifulca, al final se llegó a un acuerdo. El niño se llamaría Johan Jordi. Eso sí estaba permitido. Esta anécdota es epítome de una discusión no por eterna menos absurda. Y, 42 años más tarde, columnas como las de Herrera o Ventoso vienen a recordárnoslo. Seguimos intentando diseñar la convivencia desde la aniquilación de la otredad, que es como lograr una buena vecindad exterminando al vecino. Muy español y mucho español, que diría Mariano. Muy catalán y mucho catalán, también.

Con tanto atentado, muchos ya atisban el gran negocio de una nueva guerra. El ardor guerrero cunde entre nuestra derecha, siempre tan dispuesta a que mueran, otros, por sus ideas. Juncker, Valls y Hollande ya han dejado claro esta semana que es necesario invertir en armamento para enfrentarse a ISIS. Igual que no hace tantos años se vendió armamento para impulsar a ISIS. Los fabricantes de armas no habitan lejanas montañas ni desiertos lejanos, parafraseando a Aznar. Y sus corifeos mediáticos quieren caña. Este jueves La Razón nos lo dejaba cristalino en su editorial principal: “Los europeos disponemos de medios para afrontar el reto de la defensa colectiva, pero no estaba previsto un escenario como el que plantea el terrorismo del ISIS. No cabe duda de que los estados europeos somos un objetivo prioritario y que, nos guste o no el lenguaje militar, estamos en un escenario de guerra, con otros medios y objetivos, y que, a diferencia de los conflictos clásicos, la diana está puesta directamente en la población civil”.

No hay dilema. O eres belicista o eres un traidor. Ni siquiera un cobarde. El viejo Talión como único mandamiento, como respuesta incuestionable. Arriba escuadras a vencer. Con los muertos de Bruselas aun sangrando sobre nuestra idea de Europa, el ABC señalaba directamente a sus culpables: “Los falsos escrupulosos, los garantistas impostados y los cómplices disfrazados ya no engañan a nadie. Sus continuos temores por la islamofobia –mientras practican a diario su cristianofobia en capillas universitarias y plenos municipales– no son más que la coartada de una coincidencia de fondo con los terroristas en su aversión, esta sí verdadera, a la democracia liberal, la libertad individual y los derechos políticos. La negativa de ciertos partidos a firmar el pacto antiyihadista impulsado por el PP y el PSOE es, en contra de lo que se suele escribir, perfectamente explicable”. No hay nada que ponga más a un fascista que una guerra. Perdón. Rectifico. Sí hay algo que les pone más: una guerra santa. Y a eso vamos, ay.

 

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