“Mi padre está enterrado con el asesino. ¡Es un insulto!”


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“Mi padre está enterrado con el asesino. ¡Es un insulto!”
Manuel Lapeña nunca fue a escuchar las misas de Bienvenido, el cura de Villaroya de la Sierra (Zaragoza). Cuando la Comisión de Incautaciones le citó a declarar en diciembre de 1937, el sacerdote dijo: “Manuel Lapeña era veterinario. Fue el fundador de la CNT y causante de todo el mal que ha ocurrido al pueblo, pues supo engañar a la juventud arrastrándola por estos derroteros tan nefastos. Un tipo verdaderamente cretino, hombre funestísimo por todos los conceptos, que fue fusilado”. Purificación, nieta de Manuel, enseña el documento de esa declaración que ha leído mil veces. “Hubo curas que salvaron, y por desgracia, hubo curas que se dedicaron a hacer listas de rojos”.
Lapeña no tuvo juicio, ni sentencia. Los falangistas le pegaron un tiro en julio de 1936 y lo arrojaron a una fosa. Pero un año después, el bando franquista abrió un expediente al muerto para imponer a su familia una multa de 1.000 pesetas y embargar sus bienes: un huerto. un corral. Tenía 44 años y cuatro hijos cuando lo mataron. El único que aún vive, Manuel, que hoy cumple 92, batalla para ahora para recuperar los restos de su padre.
Un juez de San Lorenzo de El Escorial, José Manuel Delgado, cree que “existe alta probabilidad” de que esté en el Valle de los Caídos porque las fosas de Manuel Lapeña y su hermano Ramiro, también fusilado, pudieron ser dos de aquellas en las que el Régimen robó cuerpos en 1959 para alimentar las criptas del mausoleo franquista. El 30 de marzo ordenó dar “digna sepultura” a ambos fusilados. Es decir, exhumarlos. Ninguna de las partes personadas en la causa recurrió su decisión en plazo. Pero Patrimonio Nacional aduce que la orden “no es firme”. El abogado Eduardo Ranz llevará el asunto al Tribunal Supremo si no se ejecuta. Mientras, Manuel espera. Así relata la trágica historia de su familia.
“Salí a esperarlo a la puerta de casa, pero nunca volvió”. Manuel tenía entonces 12 años. Un vecino vio la bicicleta de su padre abandonada en mitad de un camino. Otro comentó por el pueblo: “Ha caído Manuel Lapeña…”. Pudo huir, pero no quiso. “La última vez que hablamos me dijo: ‘Tú no te preocupes que a mí no me van a hacer nada porque yo no he hecho nada’. Era un buenazo”.

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