Egos desbocados


Egos desbocados

En Pedro Bernardo también tuvimos  dos alcaldes llenos de soberbia y arrogancia.   Ese síndrome (que dice Raúl), se observó ya en Claudio, que al principio no se atrevía a vestir la toga púrpura porque era renco, tarta, sonaca, tinajero, tonto…) y se fundieron -los dos-como dos azucarillos en el agua <mío> 

 

RAÚL DEL POZO

04/07/2016 12:41

Podría ser ésta una Legislatura apasionante, la de una nueva Transición: reforma Constitucional, cambio de la Ley Electoral, Ejecutivo sometido a la geometría variable y a mociones de confianza, protagonismo de las minorías, crecimiento económico, fin de la corrupción; pero para ese escenario sobran políticos de tan corta mirada luciferina, que se hinchan como ranas y despliegan sus plumajes como pavos.

Dos de los candidatos han logrado romper la izquierda, partir el PSOE, extraviar más de un millón de electores y resucitar a la derecha. Organizados en un sindicato de intrigantes piden la cabeza de Mariano Rajoy, para jugar al baloncesto. “No es no”: siguen acosando al que ha ganado, incluso le niegan una abstención mínima. Ni siquiera conceden un diputado que vaya al tigre mientras se vota. El PSC propone la vía canadiense para Cataluña, y a pesar del segundo naufragio, Pedro Sánchez no dimite, se enroca en la secretaría y aún enreda para formar un Gobierno del cambio cuando fracase Mariano Rajoy. Quizás el Comité Federal del día 9 no va a variar la política obstruccionista de Sánchez, el cual parece decir lo mismo que los de El hundimiento: “Podemos hundirnos pero nos llevamos el mundo con nosotros”.

“Qué hermoso es mandar aunque sea un hatajo de ovejas”, dice Sancho. Ahora no es sólo Sánchez el que quiere mandar. Los cuatro candidatos se sienten indispensables, insustituibles y pueden haber sido contagiados por el mal de la soberbia, enfermedad profesional del poder. Ese síndrome se observó ya en Claudio, que al principio no se atrevía a vestir la toga púrpura porque era renco, tarta, sonaca, tinajero, tonto según su madre, y luego se fue arriba creyéndose el divino Augusto; como sufría flatulencias, promulgó un edicto que obligaba a los cónsules y centuriones a no detener los pedos.

No parecen librarse los candidatos del síndrome de la soberbia, vicio étnico español “El español es soberbio, infinitamente soberbio”, proclamó Ortega. Son soberbios los que viven en guardillones o en los palacios, soberbios como los jesuitas que no consienten que se les llamen frailes.

Los cuatro candidatos a la no investidura se despellejan, acusándose de soberbios. Pedro Sánchez calificó a Mariano Rajoy y a Pablo Iglesias de arrogantes durante la nonata investidura. Génova y Moncloa se han quejado amargamente del envanecimiento de Albert Rivera. Mariano Rajoy dio muestras de un humilde y sereno endiosamiento cuando dijo que carece de sucesor natural. Y Pablo Iglesias no sólo vio arrogancia en la actitud de Pedro Sánchez, sino que reconoció que él era prepotente y soberbio. Este alarde de egotismo fue confirmado por Ada Colau, alcaldesa de Barcelona. La adicción al poder, la obsesión de destruir al adversario por nuestros candidatos, está empezando a ser un trastorno, según confiesan ellos mismos. Frente a la mesura y moderación que necesita el país, muestran ego desbocado y delirios de grandeza.

 

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