Irse al pueblo


 

 

Irse al pueblo

Yo no me voy, siempre estuve en él y cada día me gusta más; a pesar de los dos negados que nos “gobernaron” <mìo>

PEDRO SIMÓN

05/07/2016 02:32

Iba yo por el pueblo amargado como si fuera un Fernando Alonso de la vida, me había ido unos días hasta allí para digerir el desamor de Elrubius y entonces me crucé con uno de esos hombres del medio rural que te hacen ver que no tienes ni media hostia: el paisano había enterrado a su mujer por la mañana después de 50 años de casados y por la tarde se iba en bicicleta a la huerta.

-¿Y no le da pena, Antonio?

-Mira, hijo, pena sí me da. Mucha. Pero me va a dar el doble de pena si se me joden los tomates.

Cuando andas como una lechuga, cuando te encuentras como perdido, cuando te ves caminando muy deprisa en tu día libre, cuando todo te suena a impostado, cuando ya no te crees ni a los tuyos haciendo declaraciones en el telediario, siempre te queda volver al pueblo para que se te quite la tontería.

A mí de pequeño me daban mucha envidia un amigo que tenía el barco pirata de los clicks, otro al que le dejaban beber las Coca-Colas que en mi casa se guardaban para las visitas y un tercero que cada año se iba de vacaciones a Motril. O eso decía. Pero yo era bien consciente de mi única superioridad infantil frente a la terna: este menda tenía pueblo y ellos no. Un pueblo-pueblo y no uno de esos que tienen semáforos.

Cuando por fin vuelves (menos veces de las que debieras), entras al bar como si lo hicieras en la cantina del western. Un poco con tensión y un poco con respeto. Y al cabo te tranquilizas porque allí todos son primos segundos por parte de madre o primos terceros por parte de padre. Y ya puedes ir guardando el libro que has traído, porque entre la bici, el mus, la siesta, el vermú, la peña, el omeprazol, las fiestas patronales, el Marca del bar y la tía soltera no vas a tener tiempo ni para abrirlo. Y ya no eres García o López, sino el Mindolo o el hijo del Chato. Todos los amigos de la infancia igualados como entonces, por fin, como debiera ser siempre, en chancletas y en pantalones cortos.

(…)

Nosotros -los de pueblo- habríamos arreglado las últimas elecciones de un modo más sencillo y sin tantas encuestas, como aquella mítica escena de Amanece que no es poco en la que el alcalde pedáneo sale a decir que las elecciones las han ganado ‘los de siempre’, que ‘de cura ha salido don Andrés’, que ‘de puta sigue Mercedes’ y que ‘también ha salido que los de la invasión se tienen que ir, y que si hay algún americano también’.

Da igual que haya 30 grados cuando se pone el sol, porque siempre diremos que por la noche parece que refresca. Da igual que haya una refinería cercana o una explotación de porcino, porque siempre diremos que igualito es el aire que se respira en Madrid. Da igual que nos quememos con el sol, porque hablaremos de la brisa del monte. Da igual que el agua tenga mucha cal, porque aquí glosaremos la vida saludable.

‘Por fortuna, Macondo no es un lugar’, decía García Márquez sobre su pueblo, ‘sino un estado de ánimo que le permite a uno ver lo que quiere ver, y verlo como quiere’.

Hemos probado con gobernantes de Madrid y de Santiago, de Valladolid y de Sevilla. Creo que ha llegado el momento de probar con un señor de pueblo-pueblo. Con su bicicleta y con su Farias en la boca. A ver qué pasa. Si ha de venir una desgracia, al menos que sigamos atendiendo el huerto.

 

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