¡No se escape, señor Rajoy!


 

Jueves, 28 de julio del 2016 – 21:18 CEST

Albert Sáez

Director adjunto

¡No se escape, señor Rajoy!

 

Lleva más de siete meses mareando la perdiz y haciendo buenos todos los topicazos atribuidos a los gallegos. Esta vez no se ha atrevido a volver a chulear al Rey. Rajoy acepta el encargo de intentar la investidura. Un subterfugio para esconder lo que pasó este jueves. Rajoy es con todas las consecuencias candidato a la investidura como presidente del Gobierno y si se le pasa por la cabeza eludir este compromiso solo tendría una posibilidad: retirarse para siempre de la vida política. A estas alturas y vista la gravedad de la situación no cabe pensar en ninguna forma de escapismo, Rajoy se tiene que arremangar sí o sí. Y si no lo hace, no tiene otra que marcharse a casa. Ni los españoles, ni los diputados ni el Rey se merecen otro numerito como el de la primavera dejando pasar el tiempo, pudriéndolo hasta sacar unos escaños más.

Lo hemos dicho una y otra vez, lo más triste de estos meses es que nunca se ha llegado a negociar entre grupos que pudieran sumar la mayoría suficiente. Todo han sido maniobras especulativas, fotos de oportunidad para ilustrar un buen tuit preparando la repetición de las elecciones. Ahora el reloj del sentido común ha empezado a correr aunque el legal no lo haga hasta que Rajoy se decida a cumplir con el compromiso adquirido ante el Rey y se presente a la Cámara para conseguir la investidura aunque sea, como admitió este jueves, para gobernar con una minoría de 137 diputados.

Hasta ahora ha demostrado que controla como nadie los resortes internos del poder en el PP y que es un prestidigitador electoral. Nos queda saber si es un estadista como tantas veces proclama. ¿Será capaz de ponerse a negociar o simplemente esperará el turno, el hastío de sus adversarios, como un registrador de la propiedad con nota baja en las oposiciones? A Rajoy le toca llevar la iniciativa por deseo de los electores y por encargo del jefe del Estado. Aquí no se trata de aguantar hasta que las cosas caigan por su propio peso como cuando Aznar lo designó. Esta vez se lo ha de ganar, a pulso, en una negociación a cara de perro. Si lo hace, el resto de actores deberán mover pieza y dejar también de especular.

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