Los de entonces


 

Los de entonces

Sobre la Transición española y el consenso. Enrique Flores

Cuando éramos más jóvenes solíamos caer en un error común: si se nos preguntaba qué nos parecía la política, respondíamos que era un momento extraordinario para ser periodista. Por aquel entonces habían aparecido dos partidos nuevos, uno muy pujante dedicado a la homeopatía emocional y otro que terminó convertido en un concierto de Taburete: chicos, chicas y pulseras. “Es un momento histórico para España”, decíamos, y lo vamos a escribir nosotros. Las encuestas aseguraban la supervivencia del PSOE al menos cuatro años más, y concluían que la corrupción del PP estimulaba el nervio de sus votantes: había empezado ya la ruta de bakalao de sus tesoreros al grito electoral de “ladrones pero honraos”.

Tanto tiempo después, de aquello no quedó ni un Gobierno. No era un momento especial para ser periodista sino para psicólogo. En cada elección España se reescribía a sí misma degenerando un poco más, como aquellas líneas que un vecino de la parroquia de Bordóns le escribió a su mujer por su 57 cumpleaños, y que leyó en alto —el merendero hasta arriba— en agosto de 2016: “Manoli, luz de mi vida, fuego de mis entrañas”. Lo que ocurría en Madrid al fin y al cabo era un proceso parecido: una final de consolación. Tanto fue así que la llamada parálisis o colapso, según el lenguaje elegido, se debió a que en España las negociaciones se destinaron básicamente a investir al jefe de la oposición. La estrategia se dirigía a organizar la bancada contraria en lugar de la propia, contándole al adversario lo que tenía que hacer. Más o menos como si el adversario fuera el Real Madrid.

Éramos entonces jóvenes y quizás no nos acordamos, pero se construyeron hermosas ficciones. La primera fue la negociación, una especie de mesa reunida en la que los partidos acercaban y alejaban posturas de acuerdo a intereses nacionales. ¿Pero cuáles eran los intereses nacionales? En aquel verano de incendios y Juegos Olímpicos —qué verano no lo fue— empezó a calar la sensación en algunos de que España se había enganchado a las elecciones generales con la misma inconsciencia que a una droga antigua. La otra, la de aquellos jóvenes y estúpidos castores que decíamos tiempo atrás que era un momento maravilloso para ser periodista, ya pensaba directamente en un suicidio elegante mirando de reojo el horno. Era una feliz noticia, como todos los diagnósticos. Si fue necesaria la aparición de nuevos partidos se debió precisamente para retratar al país y su clase política en la más famosa de sus posturas: la de no ponerse de acuerdo ni en el tiempo verbal. No por falta de voluntad, que tampoco, sino de inteligencia

 

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