Albert y el muerto


Albert y el muerto

David Torres

Hace cosa de un año salió la noticia de un hombre, Bratislav Stojanovic, que vive solo en un cementerio de Serbia sin más compañía que la de los muertos. Un buen día Stajonavic se hartó del tráfago de la existencia diaria y decidió sepultarse en vida. “No me asusta dormir en una tumba” explicó. “Los muertos están muertos. Lo que más miedo me da es pasar hambre”. Por un momento parecía que la entrevista se la estuvieran haciendo ayer a Albert Rivera.

La podredumbre es un proceso natural, afecta a la nariz los primeros días, cuando la carne y los fluidos corporales se van fundiendo al tiempo que acude en masa el fiel cortejo de insectos y gusanos. Con el tiempo, poco a poco, la peste va cediendo y el asco también; a todo se acostumbra uno. De la regeneración democrática que prometía hace unos meses, Albert ha pasado a la resignación patriótica, demostrando que del amor al odio hay sólo un paso y viceversa. Aquella proclama sanitaria repetida cien veces (“nunca apoyaremos a Rajoy”) ha terminado de primer plato, servido con una apetitosa guarnición de acuerdos con patatas. El apretón de manos tuvo tanta convicción que por poco acaba con un brazo colgando.

Aunque Stojanovic diga lo contrario, convivir con muertos no es nada fácil, especialmente si el muerto está sentado en un sillón presidencial, te llama de vez en cuando por teléfono y hasta te invita a formar gobierno. Dennis Nilsen, el célebre asesino en serio escocés que asesinaba jovencitos porque se sentía muy solo, tenía la costumbre de recostar el cadáver de turno en un sofá y luego, cuando volvía a casa del trabajo, se sentaba a su lado, le cogía de la mano y le contaba qué tal le había ido la jornada. El cadáver no respondía gran cosa pero compañía daba un rato largo.

Al poco tiempo, Nilsen tenía que decorar el salón con frascos de ambientador porque la peste podía alertar a los vecinos, pero al final, como siempre pasa en estos casos, se volvió bastante descuidado: lo trincaron cuando un fontanero revisó las cañerías y las encontró atascadas con pedazos de carne putrefacta. Es lo malo de la corrupción, que no se detiene ni con desodorante ni con reformulaciones lingüísticas. A fuerza de retorcer las definiciones y los significados, Albert ha inaugurado un nuevo Libro de Estilo Metafórico, igual que esos analistas freudianos que vislumbran oro donde antes había mierda. La tanatoestética es el arte de maquillar a los difuntos como si todavía siguieran vivos, para que luzca el brillo de las mejillas a base de colorete. La agencia funeraria de Ciudadanos ha trabajado a fondo y, de momento, el cadáver goza de excelente salud, tanta que prácticamente ya no hay forma de distinguir a un líder de otro. Los muertos nos enseñan muchas cosas y por ahora Mariano le está dando a Albert una magnífica lección de cómo hacerse el muerto.

 

 

 

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