Rubén Dario


http://www.elmundo.es/cultura/2016/09/19/57df6c8d268e3e31318b459d.html

La sede de la Biblioteca Histórica de la Complutense muestra manuscritos, facturas y cartas que le enviaron Machado, Juan Ramón y, sobre todo, Francisca Sánchez, su gran amor español a la que llamaba «coneja»

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Era un baúl enorme, que pesaba como un muerto, y azul, el color por excelencia de Rubén Darío. Dentro de él había de todo, un mundo construido a través de multitud de pedazos: facturas de whiskies, poesías, recetas de cocina, recibos de coches de caballos, dibujos infantiles, afectuosas cartas de Manuel y Antonio Machado, análisis médicos, postales escritas de puño y letra por Juan Ramón Jiménez, correspondencia de Emilia Pardo Bazán, gastos en sombreros, cuentas de restaurantes, cartas firmadas con apelativos cariñosos, misivas revelando las estrecheces económicas… Por haber, dentro de ese arcón había hasta el código secreto empleado para enviar telegramas a casa y hacer saber, con el mínimo gasto posible tanto en letras como en dinero, si se andaba o no corto de parné. «Ma», por ejemplo, significaba: «Mal. Envía lo que puedas».

Nada menos que unos 5.200 documentos y escritos de todo tipo contenía ese baúl. En ese cofre paquidérmico el último y gran amor de Rubén Darío, la española Francisca Sánchez, fue guardando con devoción todos los papeles sobre sus 16 años de vida con el poeta nicaragüense, creando un gigantesco archivo que conservó con celo hasta más de 40 años después de la muerte del poeta y que documenta como ningún otro las varias caras de Rubén Darío. Desde su faceta más doméstica y privada hasta su proceso de escritura, pasando por las relaciones que mantuvo con otros escritores, su trabajo como periodista o sus misiones diplomáticas. Y ahora que en 2016 se ha cumplido el centenario de la muerte de Rubén Darío y que en 2017 se celebrarán los 150 años de su nacimiento, los tesoros de ese baúl salen a la luz.

Ese Rubén Darío a 360 grados se puede desentrañar en ‘Una historia en fragmentos de papel’, la exposición que hasta el 22 de diciembre acoge la sede de la Biblioteca Histórica de Universidad Complutense de Madrid, en la calle Noviciado. La muestra se nutre de varios de los más de 5.000 documentos que Francisca Sánchez guardó durante años en el famoso baúl, que antes de morir donó al Estado español.

Recorrer la exposición es un poco como mirar por el ojo de la cerradura y contemplar a hurtadillas el universo más personal del poeta modernista. Porque la muestra no sólo ofrece innumerables pistas sobre su proceso de creación literaria, a través de cuartillas en las que se ve lo que Rubén Darío tachaba y lo que no tachaba en sus poemas, los cambios que realizaba aquí o allá. No sólo deja ver cómo eran sus relaciones con otros poetas españoles e hispanoamericanos, con numerosas cartas que revelan el profundo respeto y fascinación que Rubén Darío despertaba entre sus contemporáneos. «Querido y admirado maestro», comienza por ejemplo una carta que le escribió Antonio Machado. «Mi admirado amigo», le llama Emilia Pardo Bazán en otra misiva. Hasta Juan Ramón Jiménez, famoso por su egocentrismo y por ser poco muy dado a los cumplidos, encabeza una postal que le mandó en 1903 a Rubén Darío para darle las gracias por el poema que le ha enviado para la revista Helios con un explícito «Querido maestro». «Y para que Juan Ramón Jiménez se dirigiera en esos términos a alguien es que tenía que respetarle enormemente», subraya sonriendo entre dientes Marta Torres, directora de la Biblioteca Histórica Complutense y una de las comisarias de la muestra.

Pero aunque todo eso está muy bien, lo más fascinante es poder ejercer de voyeur y echar un vistazo a la vida privada de uno de los genios del modernismo. «Sin duda, lo más apasionante de la exposición es que refleja la vida personal y doméstica de Rubén Darío», admite Marta Torres. Permite al visitante bajar al genio del pedestal y verlo simplemente como hombre: en su casa, con su mujer y su hijo, con los apuros económicos que sufría, los dispendios que se daba cuando tenía dinero… Ahí está por ejemplo el famoso cuaderno de hule, una libreta de tamaño cuartilla con las tapas forradas en negro que es una especie de universo en miniatura de Rubén Darío: allí caben desde algunos de sus poemas como Canción otoñal (con sus debidos tachones y correcciones) hasta dibujos infantiles realizados por el único de los tres hijos que tuvo la pareja que sobrevivió o los deberes que el poeta le ponía a Francisca, una mujer que era analfabeta cuando la conoció, o las claves secretas que los dos empleaban para comunicarse por telegrama…

También hay varias cartas de Rubén Darío a Francisca, muchas de ellas encabezadas por apelativos cariñosos como «mi hijita» o «coneja» y escritas a menudo durante los viajes que obligaban al poeta a separarse de su compañera. Misivas que con frecuencia dejan ver las penalidades económicas que atravesaba la pareja. «Querida coneja, haciendo un gran sacrificio te mando cien francos. (…) Te quiere, tu conejo”. Aunque también en la muestra hay documentos que reflejan lo alegremente que gastaba cuando tenía dinero, como la factura de 93 pesetas que en 1909 pagó a una compañía madrileña de coches y caballos de lujo, las facturas en sastres y sombreros o las cuentas en whiskies. Porque tan famosos eran sus abusos etílicos que, de hecho, se dice que después de enviudar de su primera mujer se casó con Rosario Murillo, conocida como la garza morena, cocido de whisky, sin ser consciente de lo que hacía.

A Francisca Sánchez la conoció más tarde, después de que el diario argentino La Nación le enviara como corresponsal a España para que describiera la situación del país tras el desastre del 98. Un día, durante un paseo en compañía de Valle-Inclán por la Casa de Campo en Madrid, Rubén Darío vio a una chica de familia humilde que le fascinó. Era Francisca, hija de uno de los jardineros que cuidaban de ese recinto. «Se reían y me echaban piropos. Les obsequié unas flores. Las aceptaron. Después, a los dos días, los volví a ver. Vino a visitarme. Otra vez les obsequiaba con flores. Me ofreció si quería dar un paseíto por la Casa de Campo. Cómo no. (…). Me hizo varias preguntas. Le contestaba. Después el amigo se separaba», recordaba la propia Francisca en una entrevista que le hicieron cuando tenía 82 años, 59 desde de aquel episodio y 41 de la muerte del poeta.

Comenzó así una apasionada historia de amor y escándalo, en la que Rubén Darío enseñó a Francisca a leer y a escribir, trató por todos los medios (sin conseguirlo) de obtener el divorcio de su segunda mujer para poder casarse con ella y que trajo al mundo tres hijos, aunque sólo uno de ellos sobrevivió, Rubén Darío Sánchez, Güicho, a quien nombró heredero universal en su último testamento, conservado junto a los dos anteriores en el archivo de la Complutense. Pero la suya fue una relación que duró hasta mucho después de la desaparición de Rubén Darío. Aunque Francisca se casó tras la muerte de éste, jamás lo olvidó, y siempre conservó su enorme archivo. «Fue su gran amor. Ella misma me lo dijo con esas palabras», cuenta la periodista Rosa Villacastín, nieta de Francisca y autora de La princesa Paca, la novela en la que recrea su historia

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