El Régimen, 35 años después, a un paso de culminar otro golpe


 

El Régimen, 35 años después, a un paso de culminar otro golpe

Luis Gonzalo Segura

El 31 de marzo de este año, cuando todavía quedaba más de un mes para formar gobierno o convocar las segundas elecciones en caso de fracaso, escribí una entrada en este blog sobre el plan que el Régimen había puesto en marcha para mantener el poder. Era evidente en ese momento, aunque muchos pensaran lo contrario, que el PSOE no tenía la más mínima intención de negociar con Podemos, igual que ahora es obvio que Pedro Sánchez no es progresista, sino que sus repentinos deseos de un gobierno de izquierdas no han sido otra cosa que un intento por sobrevivir. Hace meses prometió a Felipe González abstenerse, lo que no tiene nada de progresista, y lo habría hecho si no hubiera existido una conspiración contra él.

Treinta y cinco años después, por desgracia, el Régimen está a un solo movimiento de culminar otro golpe.

Esto fue lo que escribí entonces:

No es de extrañar que Felipe González abrace con tanto ardor un gran gobierno de coalición entre PP-Cs con abstención del PSOE, porque no es la primera vez que lo hace. En la segunda mitad de 1980, a menos de un año del 23-F, el rey se afanaba en culminar su propio golpe de estado que consistía en tumbar como fuera al presidente elegido democráticamente: Adolfo Suárez… En esos momentos se planteó la posibilidad de un gobierno de concentración en el que estaría incluido Felipe González (y Alfonso Guerra, Enrique Múgica, Ramón Tamames…). En concreto había una lista, la conocida como lista de los 19, en la que se encontraban los mencionados y otros más. Sabemos que Felipe González estaba incluido en el gobierno de concentración para salvar al país de una situación de emergencia, gobierno que tendría como presidente al general Armada (aunque había otros generales candidatos). Aquel plan, que se conoció como Solución Armada, no era otra cosa que un golpe de estado encubierto y legitimado por el rey y una variante de varias operaciones civiles que se pusieron en marcha con anterioridad como el Plan A o Golpe de Timón o el Plan Lolita. Todos pretendían evitar que España se sumiera en el caos. El caos no era otro que un régimen realmente democrático con la consiguiente separación de poderes y la definitiva pérdida de poder de las “familias” franquistas, cuando no su defenestración. Uno de los factores claves para desarrollar aquella operación era generar la mayor inestabilidad posible que desembocase en una situación de emergencia nacional. De esta forma, quedaría justificado aquel posible gobierno presidido por un militar. El primer objetivo era sustituir a un Adolfo Suárez que se negaba a entrar en la OTAN y que estaba tomando una senda socialista preocupante. Para ello, los medios de comunicación se emplearon a fondo, los poderes políticos y económicos también, y el rey ni lo dudó. Tumbaron a Suárez. Luego, los golpistas (o algunos de ellos) usaron a “los espontáneos” de ariete y aquello salió mal. Fue el fracaso del golpe, en el que el rey, por cierto, volvió a ser golpista como mínimo entre las nueve de la noche y la una de la madrugada de ese infausto día, el que terminó por favorecer el triunfo de la operación que tanto se perseguía. Curiosamente, menos de dos años después, uno de los integrantes de la lista de los 19, Felipe González, estaba en el poder con la integración en la OTAN encaminada, los GAL organizados y los ciudadanos pensando que eran gobernados por un partido de izquierdas. Ahora, más de treinta y cinco años después, hemos vuelto al punto de partida, a aquel 1980. Los medios de comunicación y los grandes poderes, que son lo mismo, sueñan con un gran gobierno de concentración, igual que entonces, aunque para llevarlo a buen puerto necesitan crear una situación de emergencia. La situación de emergencia se intenta conseguir con dos operaciones diferenciadas. La primera es demonizar el cambio despertando los temores y miedos más profundos. De esta forma, cualquier posibilidad del cambio real será transmitida como el caos, que no es otra cosa que lo mismo que era en 1980: democracia real con separación de poderes. La segunda operación, la más importante, es crear la emergencia que justifique un gobierno de concentración o la gran coalición o como quieran llamarlo. Dado que las elecciones han creado una situación irresoluble (debido a que el pacto de izquierdas es pactar con el demonio) y ya sabemos que unas segundas elecciones repetirán con matices los resultados, es obvio que la situación de bloqueo continuará después de las siguientes elecciones. Ese es el plan que nos conducirá a la emergencia nacional: investidura fallida, nuevas elecciones, investidura fallida de nuevo y pocos días antes de la convocatoria de unas terceras elecciones (en otoño), que se plantearían como el abismo, se habrá creado la situación deseada.

Ante la imposibilidad de formar gobierno, el peligro de las fuerzas del cambio (cada día más demonizadas) y el riesgo de caos y hundimiento del país por unas nuevas elecciones, tanto PSOE, como PP y Cs se verían obligados a aceptar una Solución Armada. Esto es, un gobierno de coalición, un gobierno por la abstención de unos u otros, un gobierno de responsabilidad gestado por hombres de Estado… Un gobierno, en definitiva, que pinte la fachada de nuevo sin cambiar nada… Una vez creada esta situación de emergencia, el partido que lo tiene más complejo para pactar, como en los años ochenta, el PSOE, habrá podido justificar ante sus votantes la decisión que pudiera tomar (apoyo o abstención). La primera prueba ha sido el pacto con Cs y se ha saldado con una votación favorable. Si los fieles socialistas han sido capaces de aceptar ese pacto, son capaces, con las circunstancias apropiadas creadas, de aceptar cualquier pacto, PP incluido. Y, muy probablemente, los votantes también. Por supuesto, este plan tendrá mil variantes siempre que se cumpla lo que se pretende: cambiar algo para que no cambie nada. Puede que se ejecute antes del 2 de mayo por impaciencia de los mercados o encuestas electorales desfavorables, puede que se incluya a otros partidos, puede que el presidente no pertenezca a ningún partido y sea una persona de reconocido prestigio, puede que sea necesario eliminar de la ecuación a Rajoy o a Sánchez o a ambos, puede que la operación salga mal como entonces salió mal y surja un Felipe González (¿Susana Díaz?) que por ambición se preste a hacer lo que le demandan con tal de llegar al poder… Todo es negociable menos lo que de verdad importa: el dinero y el poder. También puede que evitemos que la historia se repita de nuevo…”

 

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