Carta de Luis Bárcenas


 

Carta de Luis Bárcenas

RAÚL DEL POZO

27/01/2017 03:02

El día 7 de julio de 2009 entrevisté a Garganta de Seda. Me llevó al corazón de las tinieblas de Génova 13. Me contó lo que decía Luis Bárcenas: “Si hay cojones, que me cesen. Estoy esperando al motorista”. La misteriosa dama me juró que si caía Luis, caería Mariano. Mariano no cayó y Luis estuvo 19 meses sin juicio en Soto del Real. Garganta de seda era y es la bella y brava Rosalía y el Tercer Hombre, una fuente clara. Ellos me dieron claves secretas de la historia.

He publicado decenas de artículos antes y después del juicio por corrupción de la Gürtel y he mantenido una relación cordial con el matrimonio Bárcenas. He recibido cartas de Luis cuando estaba preso. Olvido la caja b, el piolet y la mochila con miles de documentos, las grabaciones, los recibí y las cajas de puros. Dejemos que se defienda ahora como pueda. El preso más importante del Estado, que nunca habla con la prensa, ha tenido la gentileza de escribirme una carta que a continuación transcribo con su autorización.

“Querido Raúl:

Después de tanto tiempo, te escribo de nuevo y te ruego no malinterpretes el silencio del que te quejabas en tu último correo. No he querido hasta hoy darte mi opinión sobre la marcha del procedimiento, por respeto hacia la Sala de enjuiciamiento, en tanto se produjesen mi declaración y las relacionadas conmigo. En todo caso, huelga que te diga el cariño que Rosalía os tiene y mi propio afecto personal.

Pasando al tema que nos ocupa y como no os cansáis de repetir los medios de comunicación, con el objetivo claro de que la opinión pública lo asocie con la gravedad de los hechos que se me imputan, citáis las elevadísimas penas que se solicitan para mí por la Fiscalía.

Pues bien, con relación a esto, y dejando de lado las peticiones de la mayor parte de las acusaciones particulares que persiguen intereses políticos más que jurídicos, debo matizarte que, en mi caso, ninguno de los delitos que se me imputan guarda relación con la corrupción política. Como la propia Fiscalía admite, yo no he podido cometer ni prevaricación ni tráfico de influencias, y ahora queda demostrado con el testimonio de tres de los coacusados que tampoco he cometido cohecho, sencillamente porque el “Luis” que habría recibido 72.000 euros de Francisco Correa no soy yo.

Por tanto, me enfrento, eso sí, a un delito fiscal. Sin duda, un delito que tiene transcendencia penal y social pero que, como en otros casos que todos tenemos en la cabeza, procedí a regularizar correctamente con la Hacienda Pública, digan lo que digan aquellos cuyo único afán es crear eso que se llamaba «alarma social».

En ese sentido, ha habido, desde mi punto de vista, una estrategia de colgarme cuanto más delitos, mejor, para poder revestir de gravedad unas acusaciones que justificasen lo injustificable: mi pasada privación de libertad.

Insisto: acusaciones genéricas, sin ningún tipo de concreción, pero que mediáticamente vendían entre determinadas personas con códigos morales dudosos. Sí, lo digo yo, con códigos morales dudosos.

Para algunos, la injuria por la injuria es la nítida expresión de la libertad de prensa, pero no debería permitirse la exageración para dirigir la opinión pública hacia una conclusión predeterminada.

Es claro que los prejuicios impiden apreciar la realidad de los hechos. Pero, como en el Ricardo III, “pondré un freno de mesura a mi lengua”.

He sido, como sabes, un acusado perseguido, al que se le han restringido sus derechos, imposibilitado para viajar libremente, al que se le han embargado todos sus bienes ganados con mucho esfuerzo y, por si fuera poco, que ha tenido que sufrir el acoso a familiares cercanos y, en todo caso, al que se le ha privado de los mínimos recursos económicos para atender necesidades imprescindibles.

La iniquidad no permite el optimismo pero, a pesar de ello, quiero que tengas claro que por mi parte no existe un repliegue estratégico con respecto a nada, más allá de mi propio instinto de conservación. No tengo excesiva preocupación por el desarrollo de este procedimiento. Estoy convencido de que se aplicará LA LEY, haciéndose abstracción de la opinión pública y de los medios de comunicación.

Nadie es culpable mientras un tribunal no dicte sentencia, aunque para algunos este principio básico parece no existir.

Res non verba, esto es lo verdaderamente importante, tratar de hechos y no de apreciaciones y, sobre todo, ser juzgado por jueces imparciales y objetivos, circunstancia que estoy convencido sucede en éste caso.

Desgraciadamente, el juicio social es más severo que el de los tribunales. El castigo de unos suele ser frecuentemente la alegría de otros. Debería haber un límite a la capacidad de hacer el daño por el daño.

Soy persona consecuente y primero rindo cuentas a mi conciencia y luego donde sea necesario.

Creo que mi deuda con la «sociedad» está pagada. Regularicé mi situación tributaria y fui “arrojado desde la Luz a las Tinieblas y todas las puertas se cerraron tras de mí”. Incluso mi lealtad de tantos años fue puesta por algunos en duda: el triste rencor.

Yo por fin estoy tranquilo, algo que nunca sale demasiado caro. Ya sin el piolet, pero soportando una pesada mochila, recibe un abrazo fuerte del que espero siga siendo tu amigo.

Luis.”

 

 

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