El País’ llama mierda a la patria española


El País’ llama mierda a la patria española

 

 

En primer lugar, disculparme ante los más sensibles lectores por el aparentemente amarillista titular con el que he encabezado mi repaso a los periódicos de papel de esta semana. Decir que El País, primer diario en difusión de nuestra piel de toro de la Vega, denigra a nuestra patria, es cosa que solo se le ocurriría denunciar a algún perroflauta, a un par de franquistas, a alguna media docena de banqueros y a algún archiduque desnortado.

Más héte aquí que esta madrugada me he despertado con un editorial de El País titulado Todo por la patria que nos desvela que eso de la patria es una mierda, una obviedad y un eslogan. No sé con qué cuerpo y presencia de ánimo vamos a animar en esta Eurocopa a nuestra selección.

Dice dicho editorial: “Singular campaña la que arrancó ayer, poblada de apelaciones a la patria, una noción de reminiscencias preconstitucionales y estrechamente asociada al más rancio nacionalismo. Tan súbito interés por un concepto tan caduco tiene una explicación clara: el partido Podemos necesita una manera de recuperar la transversalidad”.

Desde que la usa Podemos, la palabra patria, que viene de patris, tierra paterna, es preconstitucional. Pues, para ser fino, exclamaré simplemente un manda cojones. Ante la estupidez y el frentismo generalizados, he de volver a subrayar aquí que no soy de Podemos, que no tengo nada que ver con Podemos y que no voto a Podemos. Pero, como poeta, que me partidicen las palabras ya me toca un poco los suspiros.

Si el insidioso lector busca los editoriales que El País dedica con minutera rutina a las muertes de militares españoles en misiones en el extranjero, no dejará de encontrar rimbombantes alusiones al sacrificio que estos hombres han hecho ‘por la patria’. En esos casos, la palabra ‘patria’ no es preconstitucional, ni ‘alude al más rancio nacionalismo’.

El País nos alecciona sobre quiénes tenemos derecho a usar la palabra patria y quiénes no, porque cuando la palabra ‘patria’ no deriva hacia sus intereses, se convierte en ‘preconstitucional’. ¿Podría algún académico discernirnos a los paletos las palabras que son constitucionales y las que son preconstitucionales? Lo digo para no meter la pata. O para que no me apliquen la nueva ley de vagos y maleantes que nos han escrito entre el PP y El País.

Escribo estas líneas con temor, no se me vaya a escapar alguna palabra preconstitucional y me echen.

Yo no sé si muchos de vosotros recordáis que Juan Luis Cebrián es académico de la lengua. O sea, que lo metieron en la RAE. Escribió una novela infame que se titula La rusa, toda escrita con palabras preconstitucionales ordenadas en parda gramática, pero uno aplaudió aquel nombramiento porque el caballero había fundado El País.

Entonces éramos jóvenes, y en absoluto se nos ocurría recordar, cuando paseábamos por las alamedas con El País bajo el brazo, que ese mismo Cebrián había sido el director de informativos de RTVE en el último gobierno de la sangradura franquista. Ahora tampoco querríamos evocarlo, pero es él quien casi todos los días nos lo recuerda.

Como académico, me gustaría preguntarle a Cebrián qué han hecho ciertas palabras para convertirse en preconstitucionales. Yo tengo el defecto de ser apátrida, porque ninguna patria me ha aceptado en su quietud. Pero no le guardo ningún rencor a la palabra patria. Y como mucho me parece demodé o vintage, como se dice ahora. Pero lo de preconstitucional la convierte casi en delictiva. En estos tiempos en que una palabra puede ser delito dependiendo de quién, cuándo y cómo la pronuncie, el matiz me parece, cuando menos, cavilable.

El diario de Cebrián tendrá la inteligencia de denostar las palabras libertad, igualdad y fraternidad como preconstitucionales. E incluso como incitación a la violencia, ya que la Revolución Francesa gozó de esa ligera inclinación a defender la evolución con ayuda de la guillotina. Al tiempo.

La prensa y la tele

Sigo con El País, que cada día deja en ridículo incluso las más elaboradas estupefaciones de Paco Marhuenda. Editorial del miércoles sobre el sorpasso demoscópico al PSOE: “Iglesias alancea al PSOE con la etiqueta de ‘vieja socialdemocracia’, intentando otra vez sembrar la división entre los electores del partido aprovechando los altavoces que le prestan a diario los amigos del gobierno”.

Esos altavoces son, por supuesto, las teles. En concreto La Sexta, a quien Cebrián no llama La Secta porque se le ha adelantado la sospechosa condesa consorte Esperanza Aguirre. Hay una teoría, muy fuertemente extendida, de que los españoles somos gilipollas y votamos más a quien más sale en televisión. Y hay otra teoría, bastante más extendida, de que los periodistas y analistas que piensan eso son incluso más gilipollas. La Sexta, junto a otros medios, sacó a la luz que la ex de Cebrián tenía cuentas en paraísos fiscales, y que él, directamente, poseía acciones en una petrolera off-shore de reputación más que dudosa. Y Cebrián, haciendo alarde de una enconada defensa de la libertad de expresión, prohibió a cualquiera de sus empleados o colaboradores participar en los programas de esta cadena. O sea: les prohibió hablar. No de eso. De nada. Ni del sexo de los ángeles. Si hablaran del sexo de los ángeles en La Sexta, estarían despedidos.

Dicha cadena amiga, La Sexta, en su programa estrella El Intermedio, interpelaba sobre cosas demoscópicas este jueves al ex director del Centro de Investigaciones Sociológicas.

Sandra Sabatés: “[Podemos] ha tocado techo? ¿Va a seguir apelando a las emociones, como ha hecho hasta ahora?”.

No existe mucha diferencia entre la patria preconstitucional de Cebrián y las ‘emociones’ de Sandra Sabatés. Podemos es un subidón hormonal de emociones. No llevan ni programa, he de suponer. Como somos gilipollas, votamos con emociones, oh, dulce Sandra. No me extraña que la gente ande votando a Podemos. Sobre todo como reacción a tanta idocia. A tanto Cebrián. A tanta ‘emocionante’ Sandra Sabatés.

 

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