Mi liberada:


http://www.elmundo.es/opinion/2017/07/23/597399a0468aeb050e8b457f.html

Mi liberada:

La única lucha es contra la muerte. El hombre pierde el tiempo y la vida misma en conflictos regionales, disputándose con otros hombres el pan, el abrigo y el sexo. Pero esa disputa, que se libra sobre infinitas cordilleras de cadáveres, es cada vez menos violenta. La historia de la Humanidad es la historia de una negociación. El camino hacia la identificación del único enemigo verdadero. Y hacia la comprensión profunda de que todas las guerras son civiles. Se ve que esta frase la escribió primero Fénelon (“porque es siempre sangre de hombre la que se derrama”), el condenado por quietista. Me pareció tan precisa que eché un vistazo a google, esa desmoralización, y ahí estaba reducida a prêt-à-porter wikiquote. Pero que sepas que te la he escrito con total inocencia joubertiana. Sigo siendo un joven periodista y cualquier pensamiento (incluso el más vulgar) es una novedad para mí.

No todos los hombres comprenden que el único enemigo es la muerte. Solo los mejores. Richard Dawkins, por ejemplo. Excurso sin excusa: Kpfa, una emisora de radio de Berkeley, caracterizada por su defensa de la libertad de expresión, acaba de suspender un encuentro convocado con él por la publicación de su último libro: Science in the Soul: Selected Writings of a Passionate Rationalist. El motivo son sus presuntas ofensas a los sentimientos de los musulmanes. Bien. Cuando ahorcaron a Saddam, Dawkins protestó vivamente. ¡Ese cerebro habría que estudiarlo en vez de destruirlo!, vino a decir. No lo hacía a favor de Saddam, claro está, sino contra la muerte, y contra el estúpido derroche de muerte que supone la pena capital. El conocimiento es mucho más interesante que la venganza, que es un placer de los llamados primarios al servicio de primarios. Este tipo de humanos que han experimentado uno de sus placeres pequeños con el suicidio de Miguel Blesa. Y que desde que se conoció la noticia dieron su formal nihil obstat a la muerte.

Los periódicos mantienen una prevención legendaria frente a las noticias de suicidios. Los periódicos suelen dar balances de accidentes de tráfico e información concreta de algunos especialmente trágicos o espectaculares. Los periódicos informan de toda muerte violenta y a algunas violencias, como la que daña a las mujeres, les dan un tratamiento destacado. Sin embargo, informan de los suicidios solo cuando se trata de gente conocida. E incluso en estos casos guardan a veces una pudorosa discreción sobre los detalles. Los periódicos proceden así influidos por el mito del efecto contagio (descrito por Paul Aubry y rechazado por Durkheim), como si algo, incluida la hermosura, no se contagiara en la vida, y convencidos de que el suicidio es la máxima expresión de la intimidad.

No quiero discutir ahora de esta anacrónica práctica periodística, que contradice además un apriorismo del oficio: del mal debe hablarse. Lo que me interesa es cómo las prevenciones, justificadas o no, han saltado por los aires en este caso del financiero autoexcluido. Una muerte por un disparo en el pecho, en un ambiente de caza, exige para empezar un tiempo de cautela. A la Policía, a los jueces y a los periodistas. ¡Quia! La palabra suicidio estaba en las webs noticiosas desde el primer minuto. Y lo más osado: sin la palabra accidente al otro lado de la hipótesis. Pero ya sé que el fatuo periodismo de la fast truth dirá que, al fin y al cabo, acertó, revelando en el verbo (acertó la adivinanza, dice el primer ejemplo del diccionario) su temple moral. A la rápida noticia siguieron las interpretaciones. Perfectamente coherentes. El financiero Blesa se había matado y nuestro pequeño mundo dejaba ir un estentóreo Sí, claro. El periodista de campo había dicho Sí, claro. Pasados 20 minutos, la élite opinadora opinaba Sí, claro. ¡Qué otra cosa podía hacer con su vida, sino quitársela, el símbolo del saqueo de las cajas! Algo deja de ir bien en el oficio cuando las personas se convierten en símbolos o arquetipos, es decir, cuando se convierten en personajes de novela. Ya debidamente encarrilada, la opinión no se paraba en menudencias. Docenas de insensatas autopsias morales se atrevían a hablar de la conciencia. De la mala conciencia que habría apretado el gatillo.

Descuenta de nuevo las objeciones de la inteligencia. La posibilidad de que ni el propio suicida supiera explicar sus móviles. Tal vez Blesa haya dejado a su mujer y a su hija una de esas cartas que a veces dejan los suicidas: no es seguro que den las razones ciertas de su acto. Por desgracia para el conocimiento humano el orden inexorable de las cosas es primero las cartas y luego el disparo. Pero descuenta eso y observa el discurso dominante de la mala conciencia. Y cómo anuló otro también verosímil, aunque de especulación igualmente insensata: la posibilidad de que Blesa, un apestado sin condena firme, se hubiese matado por la angustia que le causaba la presión social. La que describía de modo tan exacto y ruin Pablo Iglesias, nuestro principal matón de esquina, cuando dio el pésame a la familia recordándole los suicidios que Blesa había provocado. Pero el pequeño mundo eligió por abrumadora mayoría la hipótesis del honor, que solo era secundariamente el honor de Blesa y que trataba sobre todo de su propio honor: fíjate si teníamos razón de echarlo al vertedero que ni siquiera él mismo ha podido resistirse a su propio hedor. Situados en el inestable paraje de las causas, nada descarta que Blesa se matara por amor. O por una bajada de serotonina. O por la activación del gen ACP1. Pero hay que ser comprensivos con las necesidades sociales. El Blesa necesario es el arrepentido; pero por culpable imprescriptible. ¡Aún se permitían decir los expertos atentísimos que todas sus causas penales se habían extinguido con su muerte!

La razón principal para no pegarse un tiro es que los hombres inteligentes estamos en guerra eterna contra la muerte y hay que mantener la posición por mucho que los hermanos caigan pesadamente a nuestro lado. Contra la muerte, siempre. Pero hay una segunda razón, poderosa. Aunque hay audaces que detectan la intención semántica de un tumor cerebral (la misma clase de hermeneutas que escriben necrologías asegurando que el canceroso «luchó bravamente contra la enfermedad»), el suicidio, lento o de un golpe, es la única muerte interpretable. Y nunca hay que facilitar a los cuervos que vengan a picotear con sus metáforas.

Sigue ciega tu camino

 

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