Sobre los prisioneros


Un domingo con Mártinez

 http://ctxt.es/es/20161109/Firmas/9457/Guillem-Martinez-prisioneros-adultos-ni%C3%B1os-frontera.htm

Sobre los prisioneros

Guillem Martínez

Nadie decía nada mientras la Guardia Civil los examinaban durante un largo rato nuestros pasaportes.. Apenas unos segundos después de que nos los devolvieran estábamos en, literalmente, otro país. Hasta la carretera era de otro color. El asfalto era más negro y nítido, y sobre él habían pintadas banderas catalanas y republicanas, y grafitis que decían Franco Assassin. Donde vivíamos había pintadas parecidas en las paredes. Pero éstas estaban hechas sin prisa ni temor, disfrutando. Quién las habían hecho se había sentido tan libre al escribirlas como nosotros al leerlas. Unas Nadie decía nada mientras la Guardia Civil examinaba nuestros horas después llegábamos a nuestro destino. Los adultos se abrazaban y lloraban. Los niños intercambiábamos una mirada, que era como una contraseña, y nos íbamos a jugar al quinto pino. Jugábamos durante horas. Jugábamos hasta de noche. Nos levantábamos mas pronto, incluso, para poder jugar más. Mis primas eran divertidísimas y ruidosas. Nos enseñaban a decir guarradas en francés. Al escucharlas reían más. También nos enseñaban sus senos. No lo sabía, pero no eran senos todavía. Aún así, como todos los senos, también olían a sangre y a leche. Los adultos hablaban de cosas graves, nosotros reíamos tanto que nos atragantábamos con los líquidos. Y reíamos aún más. De vez en cuando venía un adulto hasta nuestra mesa. Nos sonreía, como recordando algo. No decía nada, nos acariciaba el cabello y, luego, volvía a su mesa. Algunos de aquellos adultos habían cruzado la misma frontera que habíamos cruzado nosotros, pero hacía miles de años, Desde mi ángulo vi que la mesa de los adultos estaba alborotada. Había una discusión y un tono inusual. Una de las personas más viejas estaba a la defensiva, mientras que el resto parecía no estar de acuerdo con él. No sé lo que le preguntaban o exigían los demás, pero el anciano finalizó la discusión con una frase que me golpeó en la frente: “Ellos mataban a sus prisioneros, por lo que nosotros también decidimos hacerlo”. Algunos adultos abandonaron en ese momento la mesa que, aquella noche, tuvo un clima diferente. Desde la mesa de los niños, yo fue el único que escuchó la frase. O, estoy seguro, el único que la recuerda.

Si ellos mataban a sus prisioneros (…) nosotros también”, es una frase que me ha acompañado desde entonces. Es un conflicto moral. No alude ya a una guerra antigua, si no a algo más amplio y salvaje. Cuando la escuché, en todo caso, decidí ser de mayor uno de aquellos adultos que abandonaron la mesa al escucharla. Creo que lo he sido. Nunca, no obstante, lo sabré, porque la palabra prisionero ha cambiado. Ya no existen los prisioneros de la frase original. El hecho de que la frase me siga resultando turbadora, indica que debe de existir, por tanto, algún significante actualizado de la palabra prisionero, que aún tiene la capacidad de violentar el alma.

Un prisionero es alguien privado de libertad. Es posible, por tanto, que me haya cruzado con alguno a lo largo del día de hoy. O con miles. No estoy seguro, por tanto, de no haberlos matado. Ahora mismo, son las tantas de la noche. Pero estoy trabajando. He dejado de trabajar para escribir esto que, por eliminación, no es trabajo. En este preciso instante, cuando acabo este texto y vuelvo al trabajo durante varias horas, creo que soy un prisionero. Y no estoy seguro de, léntamente, no haberlo matado.

cuando eran niños. Llevaban niños más pequeños a sus espaldas y avanzaban hundidos en la nieve hasta la cintura. No había contacto entre nuestra mesa y la de los adultos. De hecho, todas estas líneas las he escrito para describir el único contacto que hubo entre una mesa y otra. Un contacto que duró, tan solo unos segundos.

 

 

 

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