Vayase, señor


http://www.larepublica.es/2012/04/vayase-senor-borbon/

http://www.larepublica.es/2012/04/amadeo-martinez-ingles-pide-como-testigos-en-el-juicio-a-tejero-barbara-rey-armada-y-mario

conde/

«Y si meterla es pecao/ se saca y se ha terminao»

Petra ni lo pidio, por tando daño como le hizo a P. Bernardo

 

Antoni Gutiérrez-Rubí

El papel lo aguanta todo. Pero la cara… ¡ay, la cara! El rostro sí que revela la autenticidad y el sentimiento. El Rey ha optado por la mejor opción: dar la cara, mostrarla. Las palabras pronunciadas son un paso en la buena dirección, pero veremos en los próximos días si es demasiado pequeño para superar el abismo que se abre bajo los pies de la monarquía y, del monarca, en particular.

Pedir perdón no es lo mismo que disculparse, y para que sea creíble y efectivo, este acto reclama contrición, arrepentimiento y vergüenza. Y cambio, muchos cambios. Estas emociones, que son las que el monarca más necesita transmitir en estos momentos, no las garantizaba un papel -por bien escrito que estuviera-, aunque llevara el sello real. El Rey no ha utilizado la palabra “perdón”, pero prometer que “no volverá a ocurrir” es casi un sinónimo. Y su cara transmitía una mezcla de emociones entre rubor y tristeza.

El gesto será útil, al menos, para los propios miembros de la  Casa Real. Ayer, la Infanta Elena, en una irresponsable y provocadora declaración dijo textualmente: “No he oído nada, estaba trabajando”. No sé que suerte de trabajo tenía, en un país con casi 6 millones de parados, pero lo que sí que es seguro es que no debería ser “al servicio de España”, porque si así fuera seguro que se habría enterado. No ha podido resultar más torpe e insensible. No hay peor ciego que el que no quiere ver.

El Rey debería explorar también el desagravio como penitencia, como parte de un proceso de regeneración moral y personal. El arrepentimiento se practica, no se proclama. Seguro que encontraría, además, buenas causas hacia las que canalizar parte de su fortuna personal más allá de las presidencias honoríficas. Pero más que su dinero o sus palabras, lo que necesita en estos momentos es actuar con el ejemplo. ‘La excelencia es un hábito’ decía Aristóteles. Cuando una institución permite o tolera comportamientos anacrónicos se vuelve también anacrónica.

Ahora empieza su segunda transición. La personal y la  institucional. Personal, hacia nuevas pautas de comportamiento ético más acordes con su función y más contemporáneas y empáticas con la sociedad a la que debe servir y representar. E institucional, para adaptar la monarquía a la sociedad del siglo XXI ofreciendo una última oportunidad a una marca que se ha desprestigiado, desconectado y desautorizado ella misma. Se le acabó el crédito ético y estético. La Corona deberá ofrecer un nuevo pacto a la democracia española y a una sociedad que plantea, sin tapujos ni problemas, otras fórmulas igualmente legítimas y convenientes. Incluso más. Espero que tenga la misma habilidad que hace 30 años. No le será nada fácil si no comprende que la vida pública y personal, cuando representas a la Jefatura del Estado, son la misma cosa. Aunque quizás sea demasiado tarde: las compuertas se han abierto.

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