Billy el Niño


29 SEP 2013 – 00:00 CET   EL PAIS

La Ley de Amnistía, ahora cuestionada, marcó el punto en que se pudo sacar adelante este país

 

 

Así que se trataba de eso. La justicia universal contra Billy el Niño. Jueces, fiscales y cónsules argentinos movilizados para que se movilicen a su vez jueces, fiscales y policías españoles para cazar a un chulo de tres al cuarto, torturador y facha. Una mala persona que disfrutaba cuando pegaba a los detenidos indefensos. Una biografía que da vómito. Contra él y otros tres más de parecido pelaje. Uno de ellos, acusado del asesinato de Enrique Ruano.

La acusación pone los pelos de punta: crímenes de lesa humanidad. Y detrás, un juez que ha conmovido varias veces al mundo, como cuando consiguió que el asesino Augusto Pinochet fuera detenido en Londres.

El juez se llama Baltasar Garzón y proclama ahora a los cuatro vientos su satisfacción. Porque en España no se puede perseguir a estos tipos. Hay que hacerlo, no queda otro remedio, desde Argentina. Un juez que fue apartado de su carrera por otras razones, pero que se deja querer con el argumento de que lo acaecido tuvo relación con su intento de llevar a la cárcel al asesino general Franco y algunos de sus cómplices. No pudo hacerlo por varias razones, y no era la menor la de que estuvieran muertos.

Ahora, el asunto cambia radicalmente de naturaleza, y por eso se produce la gravedad de la acusación. Crímenes contra la humanidad. Es como si acusaran de holocausto a los asesinos de Puerto Hurraco.

Yo estoy de acuerdo con cualquiera que estime que un torturador debe sufrir una pena grave, y un asesino múltiple aún mayor. Pero lesa humanidad me parece que desborda a estos canallas.

El problema para los acusadores, en este caso, es que bajar la calificación a sus justos términos (que son muy graves de por sí) es que no pueden alcanzar el nivel que conduce a la intervención de instancias de tal envergadura. A nadie se le ocurriría comparar las torturas infligidas por Billy el Niño con las matanzas de los militares serbios en Srebrenica, y pedir así la actuación del Tribunal de La Haya.

¿De qué se trata, entonces? Por parte de las víctimas hay un lícito intento de obtener reparación a sus sufrimientos individuales. Por parte de protagonistas como Garzón y quienes le secundan, de poner en cuestión la transición política española.

En suma, de calificar la Ley de Amnistía de 1977, que dejaba sin responsabilidad los delitos anteriores al 15 de diciembre de 1976, como una especie de componenda traidora, una concesión graciosa de la extinta UCD, las minorías nacionalistas, el PCE y el PSOE, a los franquistas.

Lo que se calificó entonces de gran paso para la reconciliación de los españoles, que permitía avanzar hacia una democracia consensuada, resulta ser una vergonzosa concesión de la izquierda.

Se ha repetido hasta la saciedad, y quienes vivimos aquellos años de plomo y de miedo no podemos olvidarlo: la Ley de Amnistía marcó el punto en que se pudo sacar adelante este país. Negarlo es ponerlo todo patas arriba. A mayor gloria de Garzón.

 

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